Mundo de ficçãoIniciar sessãoDesde luego cumplí mi promesa. Me aseguré de que Lila viviera la misma pesadilla de la que, según Elena, había sido víctima. O al menos eso fue lo que me repetí mientras organizaba cada detalle, mientras seleccionaba personalmente a los hombres que se encargarían de aquel trabajo y los observaba uno por uno antes de darles la única instrucción que realmente importaba.
—No la maten, pero no tengan compasión.
En aquel momento estaba convencido de que aquello me haría sentir justicia. Creía que, cuando llegara el instante de fingir su rescate y la encontrara rota, aterrada y suplicando, finalmente tendría la satisfacción de haber saldado la deuda que, en mi mente, ella tenía con Elena. Pero cuando ese momento finalmente llegó… comprendí algo que, hasta el día de hoy, jamás me he atrevido a confesarle a Elena. Porque lo que sentí al verla… no se parecía en nada al triunfo.
—Por favor… no me mires así —susurró Lila con la voz rota—. Solo rompe el compromiso… o quédate con Elena en mi lugar. Estaré bien. No necesito a nadie… y mucho menos tu lástima.
Aquello me golpeó de una forma tan absurda que, durante varios segundos, fui incapaz de respirar.
Porque Lila jamás parecía necesitar a nadie. Jamás sonreía de más, jamás buscaba aprobación, jamás permitía que alguien cruzara realmente los muros que había construido alrededor de sí misma y, aun así, ahí estaba… temblando, mirándome como si aquello fuera nuestro adiós y como si perderme realmente le doliera.
Y maldita sea, no me gustó en absoluto lo que aquello provocó en mí.
La levanté entre mis brazos antes siquiera de pensar en lo que estaba haciendo y la llevé hasta el rincón más apartado del jardín interior del castillo, el único lugar donde jamás permitía entrar a nadie, el único espacio que, hasta ese momento, había pertenecido únicamente a mí.
Sentí sus dedos aferrarse con fuerza a mi camisa mientras escondía el rostro contra mi cuello, y algo dentro de mí… algo que jamás había sentido ni siquiera durante mis victorias más gloriosas… terminó por romperse.
—Nadie tiene por qué enterarse de lo que pasó… nadie —murmuré contra su cabello—. Y mientras estés conmigo… jamás volverán a tocarte.
Fue entonces, sintiéndola aferrarse a mí como si yo fuera lo único sólido que le quedaba, cuando comprendí la verdad más incómoda de toda mi vida.
Yo ya no quería seguir castigando a Lila por lo que, según Elena, le había hecho.
Ni siquiera quería protegerla.
Ni poseerla.
Lo que quería era mucho más enfermo.
Mucho más egoísta.
Quería convertirme en la única persona a la que pudiera aferrarse.
Quería que me necesitara.
Y descubrir que una mujer como Lila Whitmore dependiera de mí resultó ser mucho más adictivo que cualquier corona, cualquier guerra o cualquier conquista.
Por eso jamás rompí el compromiso.
Mientras Elena sonreía, convencida de que seguía siendo mi prioridad, yo perfeccionaba la mentira con la misma facilidad con la que antes había planeado destruir a su hermana. Le repetía que mantener mi compromiso con Lila era la única forma de protegerla de mis enemigos.
La idea de pasar el resto de mi vida con ambas me extasiaba.
—Su Majestad.
La voz temblorosa de uno de mis hombres arrancó mis pensamientos de golpe.
Giré lentamente.
—Habla.
El guardia tragó saliva antes de inclinar la cabeza.
—No sabemos cómo, mi rey… pero dos hombres del Alfa Cassiel Raventhorn fueron vistos hace unos minutos fuera del anexo donde viven los duques Whitmore.
Sentí la sangre congelarse dentro de mis venas.
—¿Cómo diablos entraron a mi palacio sin que nadie los viera?
El hombre bajó aún más la cabeza.
—Nadie lo sabe, Su Majestad… pero tan pronto los descubrimos vine a informarle.
Maldije entre dientes y comencé a avanzar acompañado por mi guardia personal.
Intenté convencerme de que aquello tenía una explicación lógica. Era bien sabido que el abuelo de Lila había tenido algún tipo de relación con Cassiel durante la Guerra de las Tres Coronas, incluso todos sabían que habia luchado a su lado, así que quizá, al enterarse de la próxima boda de una de sus nietas, simplemente había enviado algún presente.
Pero cuando finalmente llegamos al anexo del palacio donde vivían mis futuros suegros con Lila y Elena, los lobos ya no estaban.
No había dejado rastro ni huellas.
Y entonces escuché los gritos.
—¡¿Dónde está Lila?! —rugió el duque de Whitmore desde el interior.
Empujé la puerta para entender qué pasaba y lo que encontré hizo que hasta mi escolta se quedara inmóvil.
La duquesa Whitmore yacía en el suelo… inmóvil… con la sangre extendiéndose bajo su cuerpo.
El duque lloraba de rodillas junto a ella.
Y frente a él… Elena sostenía una daga cubierta de sangre.
—¡No me mires así, papá! —dijo de forma indiferente—. ¡Siempre prefirió a Lila sobre mí! ¡Siempre!
El duque alzó la vista al verme.
—¡Estas loca!
Elena soltó una pequeña carcajada antes de limpiar la sangre de la daga con su vestido.
—Loca se puso ella cuando le dije que Lila tomó mi lugar como tributo para el harén por su propia voluntad. La muy desgraciada me abofeteó, así que tuve que hacerle entender su error.
—Por los Dioses, Elena. Siempre las hemos amado a ambas por igual. Eres tú quien siempre ha sido cruel incluso con tu hermana que siempre ha sido tan noble contigo.
—¡Cállate, papá! Eso no es cierto. Ustedes siempre me odiaron.
—Hij…
No terminó la frase.
Porque Elena, sin dejar de sonreír, le enterró la daga por la espalda.
El silencio que siguió fue absoluto.
Entonces Elena me vio.
Y la sonrisa desapareció.
Como si alguien hubiera cambiado una máscara por otra, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Sebastián… gracias a Dios. Fueron los lobos… ellos hicieron esto… yo intenté detenerlos…
Escenas de Lila, de aquella Lila casi angelical que durante tanto tiempo me negué a comprender, cruzaban una y otra vez por mi mente mientras intentaba procesar todo lo que acababa de ver y escuchar. Elena no era una víctima, jamás lo había sido. Elena era un monstruo manipulador, y sus padres yacían inertes sobre el suelo mientras la sangre seguía extendiéndose a su alrededor como la prueba irrefutable de todo aquello que me negué a ver.
Y Lila… mi Lila… se había ido.
Al parecer, los hombres lobo se la habían llevado como una especie de tributo de algo que yo aún no comprendía.
Y ahora, por todos los dioses, después de todo lo que le hice, después de todo lo que permití. ¿Cómo demonios iba a recuperarla?







