Lo primero que sentí al despertar no fue el peso tibio de las sábanas cubriendo apenas mi cuerpo, ni el dulce cansancio que recorría cada músculo con una intensidad que me hacía imposible olvidar, aunque quisiera, la forma en que Cassiel me había amado durante la noche, ni siquiera el aroma de su piel todavía impregnado sobre la mía como una marca invisible que parecía reclamarme incluso mientras dormía.
Lo primero que sentí…
Fue silencio.
Un silencio extraño, profundo, casi sagrado, tan distin