Mundo ficciónIniciar sesiónLo primero que sentí al despertar no fue el peso tibio de las sábanas cubriendo apenas mi cuerpo, ni el dulce cansancio que recorría cada músculo con una intensidad que me hacía imposible olvidar, aunque quisiera, la forma en que Cassiel me había amado durante la noche, ni siquiera el aroma de su piel todavía impregnado sobre la mía como una marca invisible que parecía reclamarme incluso mientras dormía.
Lo primero que sentí…
Fue silencio.
Un silencio extraño, profundo, casi sagrado, tan distinto al caos con el que había aprendido a despertar durante tantos años que por un momento permanecí completamente inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración pausada, intentando comprender por qué mi pecho, que durante tanto tiempo había confundido la paz con vacío, ahora se sentía… completo.
Y entonces la sentí.
A Ciri, todavía no puedo creer que olvidara que ella era parte de mi y me hubiera puesto celosa.
Mi conciencia descendió instintivamente hacia lo más profundo de mi interior, hacia ese lugar donde mi dragona existía desde antes de que yo entendiera quién era realmente, y ahí estaba… enorme, majestuosa, con sus alas recogidas contra su cuerpo mientras descansaba sobre una montaña de fuego dormido como si, por primera vez desde que ambas habíamos comenzado a coexistir, hubiera decidido bajar la guardia.
Una sonrisa apareció en mis labios antes incluso de que pudiera evitarlo.
—¿Ciri…?
Mi voz resonó en aquel espacio compartido con una suavidad que todavía me sorprendía.
Silencio.
Entrecerré los ojos.
—¿Vas a seguir ignorándome después de todo lo que pasó?
Mi enorme dragona ni siquiera se dignó a abrir los ojos, simplemente dejó escapar una pequeña nube de humo por la nariz antes de acomodarse todavía más, provocando que no pudiera evitar bufar con una mezcla de resignación y ternura.
Cassiel ya me lo había explicado todo.
Ciri había comprendido, finalmente, algo que durante demasiado tiempo yo misma había sido incapaz de aceptar, y era que lo que me habían hecho… jamás había sido culpa mía, que el dolor, la humillación, las cicatrices que todavía vivían en mi cuerpo y en mi memoria no eran un reflejo de debilidad, ni una mancha que mi alma debía cargar eternamente.
Mi dragona simplemente veía el mundo de una forma distinta.
Más cruda.
Más salvaje.
Más honesta.
Para ella no existían víctimas.
Solo criaturas que aún no entendían lo peligrosas que podían llegar a ser.
Y aunque seguía negándose a hablarme del todo…
Al menos ya no me miraba con reproche.
Por ahora…
Eso era suficiente.
—Está bien —murmuré mentalmente mientras comenzaba a abrir los ojos—, puedes seguir haciéndote la difícil.
Fue entonces cuando la realidad de la noche anterior me golpeó con toda su fuerza.
Mi cuerpo entero reaccionó al instante.
Cada músculo.
Cada rincón de mi piel.
Cada lugar que Cassiel había tocado con una paciencia tan imposible como devastadora.
Mis mejillas ardieron de inmediato mientras el recuerdo de sus manos, de sus labios, de la manera en que había pronunciado mi nombre como si fuera la oración que llevaba siglos esperando rezar, amenazaba con hacerme esconder la cara bajo las sábanas como una adolescente.
Dioses…
Cassiel.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios mientras estiraba el brazo hacia el otro lado de la cama buscando su calor.
Pero en cuanto mis dedos tocaron las sábanas…
La sonrisa desapareció.
Vacío.
Todavía tibio.
Pero vacío.
Fruncí ligeramente el ceño mientras abría los ojos por completo.
—¿A dónde fuiste…?
Mi voz salió más baja de lo que esperaba, cargada de una decepción tan ridículamente infantil que me hizo bufar apenas unos segundos después.
Por supuesto.
Era Cassiel.
El Alfa.
Un hombre cuya sola existencia mantenía de pie a una manada entera.
Había responsabilidades.
Deberes.
Criaturas dependiendo de él.
Lo entendía.
Realmente lo entendía.
Y aun así… una parte de mí, una parte peligrosamente femenina que apenas comenzaba a despertar después de haber estado enterrada bajo miedo y dolor, había esperado abrir los ojos y encontrarlo observándome, abrazándome… o simplemente permitiéndose quedarse un poco más.
Solo un poco.
Solo para mí.
—Ridícula… —murmuré mientras apartaba las sábanas.
Con un pequeño suspiro terminé de vestirme, intentando ignorar ese extraño vacío que parecía haberse instalado bajo mis costillas, y después de acomodar mi cabello tan bien como pude, me recordé a mí misma que ahora había expectativas puestas sobre mí, responsabilidades que antes no existían y un papel que apenas comenzaba a comprender.
Porque ya no era solamente Lila.
Ahora…
Era la Luna de la manda Umbra Noctis.
La sola idea provocó que algo cálido se expandiera dentro de mi pecho.
Avancé por los largos pasillos de piedra, preparada para dirigirme a las lecciones que algunas mujeres de la manada habían preparado para mí, cuando unas voces en voz baja, cargadas de emoción y nerviosismo, lograron captar mi atención incluso antes de doblar la esquina.
Reconocí aquellas voces al instante.
Las mujeres del harén.
O mejor dicho…
Mis antiguas compañeras.
Mi paso se detuvo de inmediato.
—Te juro que llegó en plena madrugada, escoltada personalmente por hombres del rey de Boca del Río y con una expresión tan arrogante que por un momento pensé que venía a reclamar el castillo entero —susurró una de ellas con evidente fascinación.
—¿La hermana de nuestra Luna Lila? —preguntó otra con incredulidad.
Mi cuerpo entero se tensó.
Elena, mi hermana.
—La misma —respondió la primera—, y si esperaban que el Alfa la recibiera con cortesía, claramente estaba equivocada. Sobre todo, porque ya sabes que por su culpa todo lo que tuvo que vivir nuestra Luna.
—¿Pero que le hizo nuestro Alfa?
Hubo una pausa.
Una pausa que, incluso desde donde estaba, logró hacer que mi corazón comenzara a latir con más fuerza.
—Ni siquiera la dejó terminar de hablar cuando la pusieron frente a él.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir exactamente eso, la vio bajar del carruaje, escuchó apenas un par de frases y antes de que esa mujer pudiera dar un paso más… ordenó que la enviaran directamente al calabozo.
Las demás soltaron pequeñas exclamaciones ahogadas.
—¿Al calabozo?
—Sin pestañear —continuó la misma voz—, y desde entonces Roy, varios guerreros del consejo y el propio Alfa llevan horas encerrados en el despacho porque ya ves que todos los invitados del baile querían saber sobre la transformación de nuestra Luna en dragón.
—¿Y los hombres del rey de boca del río?
Un silencio incómodo llenó el pasillo.
—Siguen afuera.
Esperando.
Sentí cómo algo oscuro se movía en lo más profundo de mi interior.
Ciri…
Había abierto un ojo.
Pero no fui la única.
Porque antes de siquiera ser consciente de haberme movido, mis pasos ya me habían llevado hasta la esquina del corredor, y el sonido de mis zapatos sobre la piedra fue suficiente para que las cuatro mujeres se giraran de golpe, palideciendo al verme allí.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Con nerviosismo.
Con culpa.
Y mientras las observaba una a una, sintiendo cómo mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho y cómo algo mucho más fuerte que el coraje se apoderaba de mí.
Les sostuve la mirada.
—¿En dónde se encuentra el calabozo al que fue enviada mi hermana?







