—Eso es… —gruñí con la voz quebrada, sintiendo cómo cada fibra de mi cuerpo, cada parte salvaje y cada fragmento del hombre que alguna vez creí condenado a la soledad, se rendía por completo ante la mujer que se movía sobre mí con una mezcla devastadora de inocencia, deseo y confianza absoluta—. Finalmente… mía, cariño… completamente mía… y juro por todo lo que soy que jamás habrá un solo día de esta eternidad en el que deje de amarte.
Su cuerpo reaccionó de inmediato a mi declaración, como si