Si alguien me hubiera dicho, apenas unas semanas atrás, que llegaría el día en que mi corazón sería capaz de latir con fuerza no por miedo a morir, sino por miedo a perder a alguien… probablemente me habría reído en su cara, porque después de todo lo que había vivido, después de cada noche en la que despertar seguía sintiéndose más como una condena que como un regalo, enamorarme había dejado de parecerme una posibilidad para convertirse en una fantasía reservada para mujeres más ingenuas que yo