Mundo ficciónIniciar sesión—No. Eso solo fue el trasfondo para que entendieras como paso todo.
Su mano subió hasta mi mejilla.
—La verdadera maldición es que al menos el noventa y nueve por ciento de nosotros jamás podrá tener descendencia porque los inmortales rara vez son fértiles… también que la mayoría de los que no encontraron pareja antes de ser inmortales jamás encuentran a su compañera destinada porque la Diosa de la luna rara vez nos empareja con otras creaturas que no sean como nosotros.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces…
Cassiel sonrió con una felicidad que me desconcertó para alguien que acababa de darme noticias capaces de destruir los sueños de cualquiera.
—Encontrarte y que seas mi compañera no siendo uno de nosotros es un milagro.
Guardé silencio.
Porque durante toda mi vida había imaginado que tendría una vida diferente y, sobre todo, que a pesar del abuso que sufrí… algún día tendría hijos.
Cassiel debió sentir mi dolor.
Porque sus brazos se tensaron de inmediato alrededor de mí.
—Cassiel… sé más suave.
Sus ojos se abrieron.
—Lo siento.
Le sostuve la mirada.
—Desde luego descubrir esto definitivamente se siente como una maldición, pero no voy a salir corriendo. Eres mil veces mejor partido que Sebastián y créeme… después de descubrir que estuvo detrás del abuso que sufrí, aunque fuera mi única opción para tener hijos, jamás lo elegiría sobre ti.
Sus pupilas se dilataron.
—Lila…
—Deseo ser madre algún día, eso no va a cambiar, y honestamente no pienso aceptar que no exista una solución para esa maldición, porque si algo he aprendido desde que me rescataste de mi propia mente… es que siempre hay una salida, incluso cuando todo parece perdido.
Cassiel me observó con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar.
Entonces añadí, casi en un susurro.
—Además… creo que, en algún punto, además de lo de no poder tener hijos, tendremos que enfrentarnos al hecho de que yo no soy eterna. Algún día envejeceré… y quizá cuando eso ocurra termines cansándote de mí antes de que muera y quieras que simplemente me vaya de tu lado.
Cassiel soltó una risa baja.
Pero no había humor en ella.
Sus manos tomaron mi rostro.
—Esa es la otra parte de la maldición, mi querida Luna.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir? ¿Hay más?
Sus ojos brillaron con absoluta certeza.
—Que por ser mi compañera… tendrás que compartir mi eternidad.
Mi respiración se cortó.
—Por favor, Cassiel… aunque en mí exista sangre de dragón, en su mayoría soy humana. ¿Cómo planeas que me convierta en una inmortal? Eso no es posible… ¿o sí?
El silencio que siguió fue largo porque entonces…
Lo entendí.
Primero como una idea absurda.
Después como una posibilidad.
Y finalmente como una verdad tan aterradora que sentí el estómago revolverse dentro de mí.
Los lobos de Lunnarcrest habían sido transformados.
No habían nacido así.
Habían sido convertidos por vampiros.
Y los vampiros eran mortales que alguna vez fueron humanos.
Mis ojos se abrieron.
—No…
Mi voz salió rota.
—Lila…
—No…
Sin darme cuenta me incorporé de golpe y me aparté de sus brazos como si el contacto comenzara a quemarme.
Retrocedí una vez.
Después otra.
Mi espalda chocó contra el escritorio.
Y por primera vez desde que lo conocía…
Cassiel pareció peligroso.
No porque me estuviera haciendo daño.
Sino porque de pronto comprendí que el hombre del que me estaba enamorando…
Podía cambiar mi naturaleza para siempre.
—No… no… no…
Negué con insistencia.
—Lila, escúchame.
—¿Quieres convertirme en…?
Ni siquiera fui capaz de terminar la frase.
Cassiel se puso de pie con una calma que, lejos de tranquilizarme, me hizo sentir todavía más vulnerable.
—Sé que necesitas tiempo para procesarlo.
Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Eso hizo que algo oscuro cruzara fugazmente por su mirada… dolor, no ira.
—Te repito que puedo darte tiempo… espacio… y todo lo que necesites para que aceptes lo que tarde o temprano va a suceder.
Su voz bajó.
Se volvió más profunda.
—Pero, Lila… por favor, compréndeme.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Te he esperado tanto tiempo… siglos.
Mi corazón golpeó con fuerza contra mi pecho.
—No puedo… ni quiero vivir sin ti.
Hizo una pausa.
Y por primera vez escuché vulnerabilidad auténtica en el Alfa más poderoso que había conocido.
—Seré paciente. Yo…
Toc. Toc.
Ambos giramos hacia la puerta.
La mandíbula de Cassiel se tensó.
—¿Qué?
La puerta no se abrió.
La voz de Cinthia sonó desde el otro lado.
—Mis disculpas, Alfa… los invitados han llegado.
Cassiel cerró los ojos con evidente irritación.
—¿No ves que estamos ocupados?
Parpadeé.
Porque jamás lo había escuchado hablar así a ninguno de sus subordinados.
Abrí la boca, lista para reprenderlo…
Pero Cinthia habló antes.
—Orion Fangmoon está entre ellos.
Hubo una pausa.
Y cuando volvió a hablar…
Hasta yo sentí cómo el aire dentro del despacho cambiaba.
—Está intentando hacer válido su derecho a retarte a combate… para quedarse como Alfa de Umbra Noctis.
Cassiel soltó una risa.
Como si aquello fuera tan ridículo que ni siquiera mereciera ser tomado en serio.
—Ese idiota perdió la razón hace siglos.
Pero yo apenas podía procesar una sola parte de aquella conversación.
Miré de uno a otro.
—¿Cómo que a combate?
Mi voz salió más aguda de lo que pretendía.
—Pero… si son inmortales…
Mis ojos fueron directos hacia Cassiel.
—¿Cómo que a combate? ¿Ustedes no mueren… o sí?







