El vestido pesaba menos de lo que yo había imaginado… y, aun así, mientras Cinthia acomodaba los últimos mechones sobre mis hombros, juraría que alguien acababa de colocar sobre ellos una corona hecha de promesas, secretos y decisiones que jamás pedí tomar, una corona invisible que, por extraño que pareciera, dejaba de sentirse como una condena y comenzaba a parecerse peligrosamente a algo mucho más difícil de aceptar… un destino.
—Luna, por favor deja de apretar los dedos así —murmuró Cinthia