Capítulo 13 POV Lila

El vestido pesaba menos de lo que yo había imaginado… y, aun así, mientras Cinthia acomodaba los últimos mechones sobre mis hombros, juraría que alguien acababa de colocar sobre ellos una corona hecha de promesas, secretos y decisiones que jamás pedí tomar, una corona invisible que, por extraño que pareciera, dejaba de sentirse como una condena y comenzaba a parecerse peligrosamente a algo mucho más difícil de aceptar… un destino.

—Luna, por favor deja de apretar los dedos así —murmuró Cinthia detrás de mí.

Su voz llegó suave, casi divertida, pero cuando levanté la mirada y la vi a través del espejo, descubrí esa mezcla extraña entre dulzura y autoridad que parecía acompañarla incluso cuando sonreía.

—Vas a arrugar la tela… y todos van a culparme por eso.

Bajé la mirada.

No me había dado cuenta de que estaba sujetando la falda con tanta fuerza que mis nudillos habían perdido el color.

Solté el aire lentamente.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte por estar nerviosa.

Sus dedos siguieron moviéndose con precisión mientras acomodaba un mechón detrás de mi oreja.

—Aunque, siendo sincera… si yo estuviera a punto de ser presentada frente a todas las manadas del continente como la compañera del alfa más temido del norte… probablemente ya habría escapado por la ventana.

Aquello me arrancó una pequeña risa.

Una real.

Una de esas que todavía me sorprendían cuando escapaban de mi boca.

—No me ayudas mucho, Cinthia.

—No intento ayudarte, mi Luna.

Sonrió.

—Intento distraerte.

Y, para mi desgracia…

Estaba funcionando.

Volvió a girarme suavemente hacia el espejo.

—Además, esto no es cualquier celebración.

Sus ojos encontraron los míos.

—Cassiel ya dejó claro ante nuestra manada quién eres… pero eso no fue suficiente para él.

Mi pecho dio un pequeño vuelco.

Cinthia sonrió con esa mezcla de ternura y resignación que parecía reservar únicamente para hablar de su alfa.

—No cuando se trata de ti.

Sus dedos descendieron por mi cabello con suavidad.

—Esta noche quiere que no quede ni una sola duda.

Hizo una pequeña pausa.

—Cassiel convocó a las manadas de todo el continente porque quiere que todos lo escuchen de sus propios labios.

Mi garganta se secó.

—¿Escuchar qué?

La sonrisa de Cinthia se ensanchó apenas.

—Que la mujer que salvó… la mujer que marcó… la mujer por la que está dispuesto a declarar guerra si alguien la toca…

Sus ojos brillaron.

—Es su Luna destinada.

Cinthia siguió trabajando en silencio durante unos segundos, pero esta vez, al observarla a través del espejo, noté algo distinto.

Algo más allá de su sonrisa.

Algo detrás de sus ojos.

Una tristeza.

Una que aparecía y desaparecía tan rápido que casi parecía un recuerdo intentando abrirse paso.

La observé con más atención.

—Samuel se fue… ¿verdad?

Sus manos se detuvieron.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

—Sí.

Su respuesta fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si llevara horas preparándola.

Cinthia bajó la mirada antes de soltar una pequeña exhalación.

—Le rogó a Cassiel que lo dejara partir.

Fruncí el ceño.

—¿Por Ary?

Esta vez fue ella quien me miró directamente.

—Samuel jamás la reclamó. Si era su compañera nadie entiende porque jamás dijo nada.

Su voz bajó.

—Espero logre alcanzarla y exista la forma de que estén juntos.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

Pensé en la forma en que Samuel había corrido tras Ary.

En la desesperación que había visto en sus ojos.

En ese dolor que parecía demasiado grande incluso para un lobo.

¿Volveríamos a verlo? ¿Lograría estar junto a ella?

—Luna Lila.

Parpadeé.

Las manos de Cinthia descansaban ahora sobre mis hombros.

—Mírate.

Levanté la vista.

Y por un instante…

Simplemente olvidé respirar.

La mujer frente a mí no parecía una sobreviviente.

No parecía alguien rota.

No parecía la chica que había aprendido a caminar mirando siempre sobre su hombro, esperando el siguiente golpe, la siguiente traición, la siguiente mano equivocada.

No.

La mujer frente a mí parecía…

Peligrosa.

Hermosa.

Fuerte.

Como si hubiera vivido dentro de mí todo este tiempo, aguardando pacientemente a que el dolor dejara de gobernar cada uno de mis pasos para finalmente reclamar el lugar que siempre le perteneció.

Me giré lentamente.

Una vez.

Después otra.

La tela acompañó cada movimiento con una elegancia casi hipnótica, como si incluso aquel vestido entendiera algo que yo apenas comenzaba a descubrir.

Y por primera vez en muchísimo tiempo…

No vi las marcas que algunos hombres habían jurado que jamás me permitirían olvidar.

No vi miedo.

No vi vergüenza.

Vi…

A una mujer.

Hermosa.

Fuerte.

Profundamente viva.

—Por los Dioses… —susurré.

Cinthia sonrió con orgullo.

Pero apenas un segundo después, su expresión cambió al verme llorar, interpretando que me sentía triste en lugar de feliz. Ella había ido hablar con las mujeres humanas cuando quede inconsciente y ellas le contaron sobre mis cicatrices lo que la llevo a entender lo que había vivido.

—Luna…

Su voz bajó.

—Sí estás asistiendo con Georgina… ¿cierto?

Fruncí ligeramente el ceño.

—Sigo intentando entender cómo hablar con una psicóloga puede sanar heridas que ni la magia pude sanar…

Solté una pequeña risa.

—Pero sí… estoy yendo Cassiel insistio.

Cinthia sonrió.

—La mayoría de nosotros tampoco lo entendíamos.

Se inclinó hacia mí.

—Pero ponerle nombre al dolor… ayuda, sobre todo cuando vives siglos.

Tragué saliva.

Porque Cassiel me había dicho exactamente lo mismo.

Y solo recordar su voz fue suficiente para que algo cálido se enroscara bajo mi piel.

Cassiel.

El hombre que había visto cada una de mis heridas.

Cada cicatriz.

Cada recuerdo.

Cada pedazo roto.

Y que, aun así, jamás me mira con lástima.

Solo con respeto.

Con una paciencia que todavía me desarmaba.

Desde entonces se había mantenido cerca.

Siempre cerca.

Sin exigir.

Sin presionar.

Sin tocarme más allá de lo que yo permitiera.

Y aun así…

Cada vez que estaba junto a él…

Algo dentro de mí despertaba.

Algo cálido.

Algo erótico.

—Ve con él —dijo Cinthia de pronto.

Parpadeé.

—Los invitados ya están llegando.

Asentí.

Cuando llegue hasta su despacho la puerta estaba entreabierta.

Y justo cuando iba a entrar…

Escuché su conversación con Roy.

—No podemos seguir posponiéndolo.

Me detuve.

—Cassiel… —la voz de Roy sonó más grave de lo habitual—. Si inicia el baile sin saberlo… será peor.

Mi respiración se congeló.

—Lo sé.

La voz de Cassiel sonó tensa.

Algo que rara vez ocurría.

—Pero después de todo lo que ha vivido…

Hubo silencio.

Después…

—Tiene derecho a saber sobre la maldición a la que se tendrá que enfrentar.

Di un paso hacia delante sin darme cuenta.

Cassiel levantó la mirada de inmediato.

Y en el instante en que me vio…

Entendió que había escuchado todo.

Mi voz salió baja.

Pero firme.

—¿A qué maldición se refieren?

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