—¿Me conoces? —pregunté, porque desde que la note algo en ella me parecía familiar, aunque no lograba encontrar el recuerdo exacto.
La bruja sonrió con una serenidad que no pertenecía a alguien tan joven.
—No.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿por qué me miras así?
Su sonrisa se volvió más suave.
—Porque me habría gustado conocerte mucho antes de hoy.
Aquello me dejó todavía más confundida.
—No entiendo.
La bruja ladeó apenas la cabeza, como si mi confusión le resultara tierna.
—Estoy en el ocaso de