Capítulo 11 POV Lila

Desperté con la sensación de haber regresado de un lugar al que ninguna parte de mí quería volver.

No abrí los ojos de inmediato, porque durante unos segundos no estuve segura de si seguía atrapada en aquella oscuridad de mi propia mente o si el peso firme que sentía cerca de mí pertenecía al mundo real, pero entonces escuché una respiración grave, contenida, demasiado cercana para ser un sueño, y cuando mis párpados finalmente cedieron, lo primero que vi fue el rostro de Cassiel inclinado sobre el mío.

Sus ojos estaban ahí.

Oscuros.

Intensos.

Llenos de algo que no supe nombrar, aunque mi cuerpo lo reconoció antes que mi razón.

Protección.

—Lila —murmuró, y mi nombre en su voz sonó como si hubiera regresado de una guerra solo para pronunciarlo—. Mírame. Estás a salvo.

Quise preguntarle qué había sucedido, por qué mi pecho dolía de una forma extraña y por qué sentía que algo dentro de mí respiraba más tranquilo que antes, pero cuando intenté moverme, un ardor suave en mi cuello me hizo llevar la mano hasta la piel sensible.

Cassiel se tensó.

No para detenerme.

Solo como si cada reacción mía pudiera herirlo también.

Mis dedos rozaron la marca.

No era una herida común.

No sabía cómo explicarlo, pero la piel parecía guardar un latido que no era solo mío, una presencia cálida que se extendía desde mi cuello hasta mi pecho y me hacía sentir demasiado expuesta, demasiado acompañada, como si una puerta se hubiera abierto entre mi alma y la suya sin que yo entendiera del todo lo que significaba.

—¿Qué…? —mi voz salió ronca—. ¿Qué hiciste?

Cassiel bajó la mirada hacia mi mano, luego volvió a mis ojos, y aunque su expresión seguía siendo dominante, incluso peligrosa, no encontré en él arrogancia ni arrepentimiento, sino una calma firme que me hizo sentir que no diría una sola mentira.

—Te marqué.

Tragué saliva.

—No sé qué significa eso.

Su mandíbula se tensó apenas.

—Lo sé.

Aquella respuesta me confundió más, porque no sonó a reproche ni a burla, sino a una comprensión demasiado profunda para alguien que apenas me conocía, o al menos eso era lo que mi mente insistía en decirme, aunque otra parte de mí, pareciera reconocerlo como si hubiese estado esperándolo desde siempre.

Antes de que pudiera preguntar algo más, Samuel apareció a un lado de la camilla, y la forma en que inclinó la cabeza hacia mí me dejó inmóvil.

No fue exagerado.

No fue teatral.

Pero tenía bastante respeto.

Un respeto tan evidente que me hizo sentir incómoda, como si de pronto hubiera dejado de ser una mujer asustada en un consultorio médico para convertirme en algo que todos entendían menos yo.

—Mi luna —dijo Samuel con cuidado—, ¿cómo se siente? Se que estaba aturdida cuando me puse a preguntar al Alfa Cassiel como es que la marco pero quiero asegurarle que en ningún momento quise ser irrespetuoso con usted.

Parpadeé.

—¿Mi… qué?

Cassiel giró ligeramente el rostro hacia él, y Samuel bajó aún más la mirada, como si acabara de recordar que yo no había crecido entre lobos, que nadie me había enseñado sus costumbres ni el peso de ciertas palabras.

—Perdón —corrigió Samuel, con una seriedad que me hizo sentir todavía más extraña—. Lila.

Me incorporé despacio, pero Cassiel estuvo ahí antes de que pudiera perder el equilibrio, una mano firme en mi espalda, la otra cerca de mi cintura sin invadirme, sosteniéndome como si supiera exactamente cuánto contacto podía tolerar y cuánto me haría querer apartarme.

Eso fue lo que más me inquietó.

No su fuerza.

No su marca.

Sino esa manera imposible de cuidarme, como si conociera partes de mí que yo misma apenas podía mirar sin romperme.

—Necesito hablar contigo afuera —dijo Samuel, mirando a Cassiel con una tensión mal disimulada.

Cassiel no se movió de inmediato.

Sus ojos volvieron a mí.

—¿Estarás bien?

Quise decir que sí solo por orgullo, pero la verdad era que no estaba segura de nada, así que asentí apenas porque tampoco quería que el mundo entero me viera temblar.

—Sí.

Cassiel sostuvo mi mirada un segundo más, como si pudiera escuchar la mentira incompleta detrás de mi respuesta, pero finalmente se apartó y siguió a Samuel hacia la puerta.

Cuando ambos salieron, el consultorio quedó en un silencio incómodo.

O eso creí.

Porque entonces sentí que alguien me observaba.

Giré el rostro y encontré a quien suponía era una bruja, sentada junto a una mesa llena de frascos, hierbas secas y objetos que parecían demasiado antiguos para pertenecer a una joven de su edad. Su apariencia era casi delicada, demasiado juvenil, pero sus ojos tenían una profundidad extraña, como si hubieran visto nacer y morir demasiadas cosas.

Me miraba sin disimulo.

Con fascinación.

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