A solas en la habitación, me doy cuenta de que estaba conteniendo al aire y tengo ganas de vomitar, gritar y echarme a llorar. Todo a la vez.
—Dominic, por favor, tienes que ir a un hospital —me tiembla la voz mientras me acerco a la cama donde está sentado. Mis tacones resuenan en el suelo de madera, un sonido que parece demasiado alto en el silencio pesado de la habitación.
Él sacude la cabeza, gruñendo mientras se apoya en el borde de la cama para levantarse. Enseguida estoy ahí, a su lado, cogiéndole del brazo que puede mover, como si mi poca fuerza pudiera ayudar en algo.
Pasa de largo, cogiendo su camisa negra del respaldo de una silla.
—Para, para, para. —No me puedo creer que sea tan bruto. Le quito la camisa de las manos—. Te vas a poner peor.
—Olivia, dame eso. No estoy para que me toques los cojones ahora mismo.
—¡Me da igual! —chillo—. ¡Mírate! Estás herido, ¿qué te ha pasado?
Madre mía. Suelto la camisa en el respaldo de la silla y corro al baño, empapando una toalla en