—Si dejaras de moverte tanto, esto sería mucho más rápido, Russo —le dice el doctor, no como un reproche, sino con la calma de alguien que está acostumbrado a lidiar con personas como Dominic.
Dominic le pega otro trago a la botella de whisky a la que se ha aferrado para combatir el dolor.
—Haz tu trabajo y déjate de comentarios —le espeta de mala gana, aunque su voz suena más agotada que enfadada.
Me muerdo el interior de la mejilla, viendo cómo la aguja atraviesa su piel de nuevo, cerrando la herida. Lleva así desde anoche, ¡desde anoche! Todo un día sin cuidado y sangrando. He estado a punto de lanzarme a los gritos contra él, pero la preocupación me ha vuelto a ganar. La herida es un desastre, un agujero irregular rodeado de piel enrojecida, sangre seca y reciente, y aunque el médico trabaja con precisión, cada puntada me hace estremecer.
De vez en cuando, el hombre me echa una miradita sobre el hombro, como si temiera que me fuera a desmayar aquí mismo. Estoy plantada en mitad de