El día de la gala benéfica, mi piso parece un campo de batalla. Me he comprado un vestido sencillo pero que me encanta; amarillo pastel, de seda, con un pronunciado escote en V sin más florituras, con los tacones y el bolso a juego. Así que debería haber sido fácil prepararme, pero he tenido una crisis existencial, el maquillaje casi me mancha el vestido y he probado cuatro peinados diferentes antes de alisarme el pelo y hacerme dos trenzas finas que me mantengan el flequillo fuera de la cara.
Me miro en el espejo por enésima vez, evitando las comparaciones tempranas. Sé cómo se visten las mujeres en este tipo de eventos, las llevo viendo años, y yo siempre termino pareciendo lo que soy: la secretaria del jefe. Nunca he estado tan nerviosa por asistir a un evento de trabajo.
Bobby maulla desde el mueble de la entrada cuando cojo las llaves de casa y las hundo en mi pequeño bolso de mano. Es ridículamente pequeño, pero bonito, y era el único de la tienda que combinaba con el vestido.