Tengo la maleta abierta sobre mi cama, medio llena con bikinis, vestidos ligeros y un par de sandalias. Estoy más que lista para no hacer nada durante una semana en la playa, inflarme a cócteles con Lena y Gema, y volver con un bronceado de película.
Bobby está enroscado en una esquina de la cama, ajeno al caos que he montado. Lo miro, rascándole detrás de las orejas, y no puedo evitar una punzada de ansiedad. ¿De verdad voy a dejarlo con él? No he hablado con Dominic desde que lo eché un poco a patadas hace dos días, y no he vuelto a saber de él, así que estoy poniendo mi confianza ciega en que de verdad aparezca.
El timbre de la puerta suena justo cuando cierro la maleta, y mi corazón da un salto. Bobby levanta la cabeza, como si supiera que algo está a punto de interrumpir su paz. Me arrastro hasta la entrada, cojo aire y abro la puerta.
—Llegas tarde —digo.
Dominic está ahí, de pie en el pasillo, y por un segundo, me quedo sin aire. No lleva su traje impecable de siempre; en cambi