Recogemos los abrigos del ropero a eso de las tres de la madrugada y, esperando un taxi, Dylan me sacude la mano desde un coche al otro lado de la calle.
—¿Queréis que os acerque a casa?
Lena sacude el teléfono al aire justo cuando un taxi frena delante de nosotras.
—¡Nuestro taxi ya está aquí! —le grita.
Gema abre como puede la puerta del taxi y casi se cae de boca en los asientos traseros. Entre risas, intento no meter el pie en un charco ni romperme los tobillos mientras me deslizo junto a e