Ya estoy harta.
Me presento en su despacho en cuanto llego por la mañana. Él todavía no está, lo que me da unos minutos para ordenar mis pensamientos. Cuando escucho el traqueteo del ascensor, me pongo firme, me aliso las arrugas de la blusa y cojo aire.
Dominic entra en el despacho, con su presencia llenando el espacio como siempre. Se queda quieto un segundo cuando me ve aquí, de pie como una tonta.
—¿Qué quieres ahora? —me suelta, quitándose la chaqueta y lanzándola al sofá. Yo me niego a recogerla.
Me acerco a su escritorio, dónde he dejado la carta perfectamente doblada. Dominic me pasa por la espalda, su brazo me roza el hombro y se me eriza la piel. Consigo que me mire un segundo antes de que sus ojos oscuros se desvíen al papel doblado.
—Mi renuncia —digo, esperando que la acepte—. Esta vez va en serio.
Él arquea una ceja, y esa maldita sonrisa ladeada aparece en sus labios mientras coge la carta. Sus dedos tatuados rozan los míos como si no fuera nada. No la lee. La sostiene