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La Toyota RAV4 apareció por el camino principal del rancho aproximadamente veinte minutos después de que la señora Ortega llamara a Raúl. Yo seguía sentada en una de las mecedoras del pórtico porque, honestamente, ya no me quedaban fuerzas para hacer nada más. El cuerpo me pesaba, la cabeza me dolía y sentía el estómago revuelto por la mezcla de estrés, rabia y miedo que había acumulado durante toda la noche. La puerta principal permanecía abierta detrás de mí, dejando escapar la luz cálida de l