Dos días después, el movimiento en el rancho era completamente distinto. Las órdenes de Raúl se habían cumplido a rajatabla: el comedor lucía canastas llenas de frutas frescas, la cocina olía a caldos caseros y doña Marta ya andaba de un lado a otro con Emma, ganándose la confianza de la niña a base de paciencia y cuentos. El clóset de la pequeña ya estaba repleto de vestidos nuevos, zapatos y pantalones que Raúl había mandado comprar sin reparar en gastos. El vaquero sentía que, poco a poco, i