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Sentí aquellas palabras instalarse en mi pecho como una piedra. No porque creyera todo lo que Ricardo decía, sino porque había tocado justo el lugar que más me dolía y que yo misma llevaba semanas evitando mirar de frente. Julián me cuidaba, me protegía, me tocaba como si mi cuerpo fuera el único sitio donde todavía podía respirar tranquilo, pero jamás me había dicho que me amaba. Y aunque parte de mí entendía sus heridas, otra parte se sentía ridículamente vulnerable, como si hubiese puesto mi
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