El viaje de Daniela hacia el hospital dejó al rancho sumido en un silencio que se podía cortar con un cuchillo. Raúl entró a la casa cargando a Emma en brazos, sintiendo cómo el cuerpecito de la niña se relajaba lentamente contra su pecho conforme el calor del interior disipaba el frío de la llovizna. La pequeña mantenía los ojos fijos en el pasillo, como esperando que su madre diera la vuelta y regresara, pero después de unos minutos de quietud, terminó por apoyar la mejilla en el hombro de su