Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. El grito de Leo había sido corto pero desgarrador, de esos que te hielan la sangre porque sabes que no es un berrinche, sino dolor puro. Entré a su habitación y lo encontré en el suelo, junto a su cama alta, llorando con un gemido sordo que me partió el alma en dos.
—¡Mi amor, aquí estoy! —lo levanté del suelo de inmediato.
El niño estaba empapado en sudor y lágrimas. Tenía un golpe rojo y feo j