Entré a mi habitación dejando un rastro de agua y humillación sobre el mármol. El silencio de la casa se me echó encima como una manta pesada. Me metí a la ducha sin siquiera quitarme el vestido transparente; dejé que el agua caliente golpeara mi espalda mientras la seda se pegaba a mi cuerpo, recordándome que todo lo que llevaba puesto, hasta mi propia piel, parecía pertenecerle a él.
Cuando por fin logré calmar el temblor de mis manos, me salí, me envolví en una toalla y busqué el teléfono co