El trayecto de regreso a la hacienda fue un silencio sepulcral, roto únicamente por la respiración pausada de Leo, que se había quedado dormido en mi regazo, agotado por el llanto y el estrés del hospital. Julián manejaba con la vista fija en la carretera, con las manos apretadas al volante como si quisiera estrangularlo.
Cada vez que pasábamos por debajo de una luminaria, la luz anaranjada golpeaba su perfil de piedra. Yo no podía dejar de pensar en lo que me había dicho la mujer de la cafeter