Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el sol de la mañana me quemaba la nuca. Isabella Valeriano no caminaba, se deslizaba sobre sus tacones de aguja con la confianza de quien conoce cada rincón de esta propiedad. Era impresionante. Tenía el cabello negro azabache, liso y brillante como el ala de un cuervo, y unos ojos tan oscuros que parecían dos pozos de petróleo.
Se notaba a leguas que la naturaleza no había hecho todo el trabajo. Su rostro era una escultura perfecta, producto de cirujanos caros: