Me quedé pegada a la pared del pasillo, conteniendo la respiración. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que el sonido me delatara. Por la rendija de la puerta del despacho, la voz de Julián se filtraba cargada de una furia que nunca le había escuchado.
—Isabella, ¿qué diablos hacías en el rancho hoy? —El tono de Julián era un látigo—. Te dije que no vuelvas a la hacienda. ¡No! ¡Te dije que no!
Un golpe seco retumbó dentro. Había golpeado el escritorio. Sentí un escalo