—Estás enamorado, ¿verdad?
Él se levantó bruscamente, encendió un cigarrillo y caminó hacia el balcón. Boston, allá abajo, seguía viva, indiferente a su miseria emocional.
—No puedo enamorarme de nadie —murmuró, aspirando hondo.
—No dije que podías. Solo dije que ya lo estás.
Lorenzo guardó silencio. El cigarrillo ardía entre sus dedos, y el viento de la madrugada le golpeaba la piel sudada. Valentina permaneció de pie junto a la cama, el cuerpo cubierto por una bata ligera y la mirada fija en la espalda tensa de Lorenzo. Lorenzo no dijo nada más, solo fumaba, como si el humo pudiera adormecer la verdad que le quemaba por dentro. El silencio entre ambos era tan denso como la tormenta que se formaba en el cielo.
—Sigues siendo el mismo cobarde de siempre, Lorenzo —dijo al fin, con voz baja, sin intentar sonar amable.
Él no volvió. Con los ojos perdidos en la ciudad iluminada frente a sí, como si Boston pudiera ofrecerle alguna respuesta. Pero la ciudad, como siempre, seguía indiferente