La mañana amaneció clara y serena en el corazón del interior. El sol surgía lentamente detrás de las colinas, esparciendo hilos dorados que besaban los campos alrededor de la hacienda, mientras el rocío, aún fresco, brillaba como diminutos cristales sobre la hierba verde. El canto de los pajaritos resonaba en coro, acompañando la brisa suave que traía el aroma dulce de la tierra húmeda, de las flores silvestres y del pan recién horneado que venía desde la cocina principal. Era uno de esos días en los que incluso el aire parecía más liviano, cargado de esperanza y alegría.
Pero aquella mañana tenía algo distinto. Un clima de expectativa, emoción y celebración flotaba sobre todos. Era el día del bautizo de Benjamin, un hito en la historia de la familia Vellardi. No se trataba solo de un rito religioso, sino de un símbolo de unión, renovación y recomienzo para todos aquellos que, juntos, habían atravesado el dolor y encontrado nuevas formas de amar.
La pequeña iglesia de la familia, ubic