Giulia y Stefano fueron elegidos como padrinos de Benjamim y estaban radiantes. Minutos antes de que comenzara la ceremonia, Isabella les entregó al bebé. Benjamim, que hasta entonces dormía, abrió lentamente los ojos y, como si sintiera el cariño que lo rodeaba, empezó a aplaudir con entusiasmo.
— Ma-má… Pa-pá… Te-te… — balbuceó, llamando a Aurora por el apodo que él mismo había inventado para su hermana.
Aurora, que estaba a su lado, comenzó a reír, llena de orgullo:
— ¿Vieron? ¡Te-te soy yo!
Giulia, con lágrimas en los ojos, besó la mejilla del ahijado, mientras Stefano lo mecía con infinita delicadeza. El bebé estira los bracitos, observando los rostros conocidos, y parecía sonreírle a cada uno de ellos.
— Creo que tenemos una pequeña estrella en brazos… — murmuró Stefano, con una sonrisa llena de ternura.
Isabella, emocionada, se secaba discretamente las lágrimas, mientras Lorenzo, a su lado, rodeaba su cintura con el brazo y la acercaba a él.
Cuando la campana sonó, un silencio