El sol doraba el riachuelo con reflejos centelleantes, esparciendo un brillo suave sobre las aguas tranquilas. El aroma de la tierra húmeda se mezclaba con el perfume de las flores que crecían alrededor, creando un escenario casi mágico. Una brisa ligera agitaba las hojas de los árboles, haciéndolas danzar en silencio, mientras el murmullo de la corriente servía de banda sonora para un momento que parecía eterno.
Aún con Isabella rodeada por la cintura, Lorenzo dejó escapar un suspiro breve, cerrando los ojos por un instante, como si quisiera grabar aquella sensación en la memoria. Estaba allí el calor de su cuerpo, el corazón acelerado, el perfume suave que se mezclaba con la frescura del aire. Cuando por fin se apartó, lo hizo despacio, con los dedos rozando la piel delicada de su esposa, como si todavía se resistiera a soltarla.
Sin embargo, su mirada firme se desvió hacia la escena frente a él. Una sonrisa discreta curvó sus labios al ver a Stefano en el riachuelo, sosteniendo a B