El ambiente comenzaba a volverse demasiado peligroso para Isabella. Con cada risa de Beatriz y cada mirada maliciosa de Giulia, sentía cómo el rubor le subía por las mejillas, delatando pensamientos que prefería esconder. Giulia, al percibir la tensión flotando en el aire y queriendo evitar que su cuñada muriera de vergüenza allí mismo, decidió cambiar de tema de forma abrupta.
Se aclaró la garganta, acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja y dibujó una sonrisa dulce, como quien anuncia un giro inesperado en la conversación:
—Pero miren… hablando en serio ahora —comenzó, con un tono más sereno—. ¿Ya pensaron en el bautismo de Benjamin? Estaba imaginando… creo que sería precioso hacerlo aquí, en la finca, en la iglesia de la familia.
Sus palabras sonaron como música para los oídos de Isabella. El corazón de la joven madre se aquietó de inmediato. Solo la imagen mental de la pequeña iglesia, con sus bancos de madera pulida y vitrales de colores reflejando la luz de la mañana, ya le