El corredor aún conservaba el suave perfume a vainilla del baño, pero ahora el ambiente era otro. Lorenzo e Isabella caminaban lado a lado, de la mano, bajando los escalones de madera que conducían a la cocina. La luz de la mañana entraba por los grandes ventanales, esparciendo un brillo dorado que danzaba sobre el piso.
Desde la planta baja ya llegaban los sonidos de la casa despertando: el tintinear de los cubiertos, el aroma irresistible del pan de queso recién horneado, el siseo del café co