El corredor aún conservaba el suave perfume a vainilla del baño, pero ahora el ambiente era otro. Lorenzo e Isabella caminaban lado a lado, de la mano, bajando los escalones de madera que conducían a la cocina. La luz de la mañana entraba por los grandes ventanales, esparciendo un brillo dorado que danzaba sobre el piso.
Desde la planta baja ya llegaban los sonidos de la casa despertando: el tintinear de los cubiertos, el aroma irresistible del pan de queso recién horneado, el siseo del café colándose en la cocina.
Al llegar al último escalón, ambos se detuvieron por un instante. La escena frente a ellos parecía salida de un cuadro: Maria estaba junto al fogón, sacando una bandeja de galletas; Antonella, con el cabello recogido en un impecable moño, jugaba con el nieto; mientras Aurora besaba los piececitos gorditos de su hermano, y Giulia, recostada en la encimera, bebía su café con una sonrisita… peligrosa.
Apenas los ojos de Giulia se posaron sobre ellos, arqueó una ceja, y la sonr