El agua de la bañera todavía los envolvía como un capullo caliente, pero el mundo parecía demasiado pequeño para contener el deseo que pulsaba entre ellos. Lorenzo acariciaba los húmedos cabellos de Isabella con sus dedos perezosos, cada toque cargado de ternura, pero los ojos azules brillaban con una intensidad que denunciaba algo mucho más voraz.
Él la miraba como un hombre que finalmente había encontrado lo que había estado buscando toda su vida y que no estaba dispuesto a renunciar.
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