El calor del agua envolvía los cuerpos como un velo líquido, denso, ahogando al mundo exterior. El sonido de la espuma estallando poco a poco se mezclaba con las respiraciones aceleradas, creando una íntima sinfonía que sólo ellos podían oír. Isabella sentía el corazón martillarse en su pecho, cada latido resonaba en sus oídos como un aviso de que estaba cruzando una línea de la cual no había vuelta atrás.
Lorenzo la miraba con esa intensidad que la dejaba sin aire. Sus ojos azules eran puro fuego y posesión, una llama que ardía lentamente, paciente pero insaciable. Ella, a su vez, sentía cada nervio del cuerpo despertado, cada pedazo de piel temblorosa, como si cada centímetro gritara por él.
Con una sonrisa maliciosa doblando los labios, Isabella apoyó sus manos sobre sus hombros, sintiendo los músculos firmes bajo sus dedos. Lentamente, se impulsó sobre su cuerpo, acomodándose de forma que lo conectaba completamente a ella. La respiración de ambos se rompió en el mismo instante, co