La noche ya había caído por completo cuando Lorenzo entró en el coche que lo esperaba frente a la sede de Vellardi & Renzi. La ciudad, allá afuera, seguía latiendo: faros, bocinas, pasos apresurados… pero dentro del coche, todo era silencio. Y a él le gustaba así. O, al menos, eso se decía a sí mismo.
El trayecto hasta la mansión duró poco más de veinte minutos, aunque para él pareció mucho más largo. Quizás porque estaba cansado, o tal vez porque, en algún lugar dentro de ese silencio, algo se