El murmullo emocionado entre los invitados se propagó como una ola suave, imposible de contener. Era como si cada mirada, cada suspiro y cada lágrima en el borde de los ojos de quienes observaban fuera la traducción de un único sentimiento: la certeza de que estaban presenciando algo raro, precioso y eterno. Isabella, aún con las lágrimas rodando por sus mejillas, sonrió. Y aquella sonrisa, iluminada por el sol que teñía el jardín de tonos dorados y carmín, parecía desbordar gratitud.
Lorenzo, con la respiración firme pero el corazón acelerado dentro del pecho, se inclinó un poco más hacia ella. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido. No había viento, no había risas, no había nadie más además de los dos, unidos por un destino que los había llevado hasta allí después de tantos dolores, pruebas y superaciones. Su voz resonó grave, pero quebrada, cargada de emoción:
— Prometo, ante todos los que están aquí, que voy a protegerte, respetarte, admirarte y amarte todos los días de