El murmullo emocionado entre los invitados se propagó como una ola suave, imposible de contener. Era como si cada mirada, cada suspiro y cada lágrima en el borde de los ojos de quienes observaban fuera la traducción de un único sentimiento: la certeza de que estaban presenciando algo raro, precioso y eterno. Isabella, aún con las lágrimas rodando por sus mejillas, sonrió. Y aquella sonrisa, iluminada por el sol que teñía el jardín de tonos dorados y carmín, parecía desbordar gratitud.
Lorenzo,