El silencio que vino después parecía tener un peso bueno, de esos que abrazan. Solo se oía el sonido suave de sus respiraciones, aún un poco aceleradas, mezclado con el latido firme del corazón de Lorenzo bajo el oído de Isabella.
Él pasó la palma de la mano por la espalda de ella, con movimientos lentos, casi perezosos, como quien no tenía prisa por dejar escapar el momento. Besó la coronilla de su cabeza y dejó que una sonrisa se formara en sus labios.
— Si todas las mañanas empiezan así… — m