Tres meses.
Noventa días.
2.160 horas.
129.600 minutos.
7.776.000 segundos.
Pero en ese tiempo que parecía ínfimo en el calendario, el mundo dentro de la mansión Vellardi se había transformado por completo.
Aurora ahora sonreía.
Sus sonrisas, antes tan raras como flores en invierno, aparecían con una frecuencia que hacía a Marta, la ama de llaves, suspirar frente al fogón con los ojos humedecidos, y a Antonella ocultar las lágrimas detrás de las lentes de sus gafas de lectura cada vez que veía