Denisse regresó al hospital cuando el cielo comenzaba a oscurecer. Las luces del estacionamiento se encendían una a una, frías, impersonales, como si no supieran —o no les importara— que dentro de ese edificio alguien que amaba luchaba por volver.
Caminó rápido por los pasillos, con el corazón latiéndole en la garganta.
Al llegar a la habitación, lo primero que vio fue a Fred.
El niño estaba dormido, sentado en la silla junto a la cama, con la cabeza apoyada cerca del brazo de Noah. Sus dedos pequeños aún sujetaban la mano de su tío, como si temiera que soltarlo fuera permitirle irse.
Noah seguía inmóvil.
Demasiado quieto.
Demasiado pálido.
El sonido constante del monitor era lo único que demostraba que seguía ahí.
Denisse se quedó parada unos segundos en la puerta, incapaz de avanzar. El pecho se le apretó con una fuerza brutal. Había visto a Noah herido antes, cansado, furioso, decepcionado… pero nunca así. Nunca tan vulnerable. Nunca tan silencioso.
Charlotte estaba sentada al otro