Noah no había dormido más de tres horas.
No fue por falta de cansancio, sino por exceso de pensamientos. La imagen de la fiesta, las risas, la mano de Denisse entrelazada con la suya, la certeza de que por fin algo en su vida estaba en calma… todo contrastaba con el mensaje de su asistente y la palabra que no dejaba de repetirse en su mente: junta.
Una junta sin él.
Eso no era solo una falta de respeto. Era una declaración de guerra.
Llegó a la oficina más temprano de lo habitual. El edificio estaba despierto, pero aún no del todo vivo: empleados entrando con café en mano, el murmullo lejano de conversaciones contenidas, el sonido metálico de los elevadores. Noah caminó con paso firme, el traje impecable, el rostro sereno… aunque por dentro todo estuviera en tensión.
—Buenos días, señor —saludaron al verlo pasar.
—Buenos días —respondió sin detenerse.
No pidió que anunciaran su llegada. No era necesario. Esa empresa llevaba su apellido no solo en documentos legales, sino en cada pasil