El ambiente en la sala cambió casi de inmediato después de que Denisse saliera del baño. No fue algo evidente, no hubo palabras solemnes ni miradas dramáticas, pero los cuatro —Denisse, Noah, Ian y Seth— parecían haber cruzado una línea invisible. Ya no estaban solo reaccionando a los golpes que la vida les daba; ahora estaban pensando, calculando, adelantándose.
Denisse se sentó en uno de los sillones con una libreta en las manos. Era un viejo hábito: cuando las cosas se volvían demasiado grandes, necesitaba escribir, ordenar el caos en líneas claras. Noah se acomodó cerca de ella, lo suficientemente cerca como para que sus rodillas casi se tocaran, un gesto pequeño pero cargado de intención. Ian se quedó de pie, apoyado contra la pared, mientras Seth ocupaba la silla más apartada, con la espalda recta y la atención fija.
—Bien —dijo Denisse finalmente, rompiendo el silencio—. Tenemos varias piezas sobre la mesa, pero si no las movemos bien, se nos puede venir todo encima.
Ian esbozó