Margaret Winchester no pidió sentarse.
Permaneció de pie frente a Denisse como si el solo hecho de hacerlo fuera una afirmación silenciosa de autoridad. El bastón oscuro descansaba entre sus dedos enguantados, sosteniéndola con firmeza, aunque su cuerpo delgado evidenciaba el desgaste de los últimos meses. Su piel estaba pálida, casi traslúcida bajo la luz grisácea del atardecer, pero sus ojos… sus ojos seguían siendo los mismos de siempre: severos, calculadores, imposibles de esquivar.
La enfe