La mañana comenzó envuelta en un silencio extraño, como si la mansión Winchester retuviera el aliento antes de un desastre inevitable. Denisse no había dormido bien; la angustia del chantaje seguía clavada en su pecho como una espina que no podía arrancar. Anteriormente cuando había confesado al fin la verdad a Noah, temblando, esperó que él se enfadara, que la juzgara, que la expulsara de su vida.
Pero no lo hizo. Él simplemente escuchó.
Y luego —sin una sola duda, sin pedir explicaciones— le