Al día siguiente, hizo lo mismo. Ahora el hospital estaba envuelto en un silencio antinatural, uno de esos silencios que no traen paz, sino que aprietan el pecho. Denisse caminó despacio por el pasillo, como si temiera que un paso en falso pudiera despertar algo terrible. Sus manos estaban frías, pero sudorosas. Aun así, cuando llegó frente a la habitación, respiró hondo antes de entrar.
Noah seguía ahí.
Inmóvil. Pálido. Demasiado quieto para alguien que siempre había llenado cada espacio con s