Al día siguiente, hizo lo mismo. Ahora el hospital estaba envuelto en un silencio antinatural, uno de esos silencios que no traen paz, sino que aprietan el pecho. Denisse caminó despacio por el pasillo, como si temiera que un paso en falso pudiera despertar algo terrible. Sus manos estaban frías, pero sudorosas. Aun así, cuando llegó frente a la habitación, respiró hondo antes de entrar.
Noah seguía ahí.
Inmóvil. Pálido. Demasiado quieto para alguien que siempre había llenado cada espacio con su presencia.
Denisse cerró la puerta con cuidado y se acercó a la cama. Se sentó a su lado, dejando caer el bolso al suelo sin importarle. Con dedos temblorosos, acarició su mejilla, recorriendo el contorno de su rostro como si necesitara memorizarlo de nuevo.
—Hola… —susurró—. Soy yo.
La máquina marcaba un ritmo constante. Ese sonido se había convertido en su peor y mejor consuelo.
—Sé que estás ahí —continuó, inclinándose un poco más—. Y te prometo que voy a mantenerme de pie… aunque me cueste