La mano de Lorenzo se cerró sobre el pomo de bronce del armario.
El tiempo se detuvo para Elisabetta. Podía visualizar la escena con una claridad horrible: la puerta abriéndose, Nicolo agazapado entre sus vestidos de seda, el destello del arma de su padre y el disparo que acabaría con todo.
—¡Basta! —gritó ella.
El grito no fue de pánico, sino de una indignación herida que le nació de las entrañas. Lorenzo se detuvo, con la mano aún en el metal, y se giró para mirarla.
Elisabetta estaba temblan