El viaje de regreso a la propiedad segura fue un trayecto sumido en un silencio sepulcral. El vehículo blindado, que a la ida había contenido la emoción nerviosa de una aventura familiar, estaba hundido en un silencio que llevaba consigo el rastro del momento de tensión y miedo.
Lorenzo había decidido conducir, sus nudillos blancos sobre el volante, la única señal visible de la tormenta que rugía dentro de él. La nota del Sastre ardía dentro del bolsillo de su chaqueta.
Al llegar a la propiedad