La oscuridad se disipó lentamente, reemplazada por un dolor punzante en las sienes y un sabor metálico y dulce en la lengua.
Elisabetta parpadeó, luchando contra la náusea que le revolvía el estómago. No estaba atada, pero sus extremidades se sentían pesadas, como si estuvieran hechas de plomo. Estaba recostada en un sofá de terciopelo raído, en una habitación pequeña y polvorienta llena de espejos cubiertos con sábanas y percheros vacíos. Un antiguo camerino, olvidado por el tiempo.
El soni