El trayecto de regreso a la mansión fué en un silencio sepulcral. Dentro del vehículo ninguno dijo nada, pero sus pensamientos hacían más ruido que cualquier palabra.
Nicolo no había soltado a Elisabetta ni un instante. La rodeó con su brazo como un grillete, manteniéndola contra su cuerpo todo lo posible. Era como si temiera que si aflojaba el agarre, ella se desvanecería.
Sin embargo, su mente estaba lejos.
Elisabetta podía sentir la tensión vibrando en su cuerpo, una mezcla tóxica de rabia