La respuesta de Nicolo a la amenaza fúnebre no fue esconderse. Fue un contraataque de soberbia pura.
—Si Mione quiere vernos, que nos vea —había dicho, tirando la tarjeta de la corona al fuego de la chimenea—. Pero nos verá bajo mis términos. En mi ciudad. En mi palco.
Esa noche, Elisabetta se sintió menos como un objetivo y más como una reina a punto de ser coronada ante la corte.
Estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero en el vestidor, inmóvil, mientras Nicolo terminaba de prepararla.