El amanecer entraba con suavidad por las cortinas de lino, bañando la habitación con un resplandor dorado. El silencio era apacible, solo interrumpido por el raspar de crayones sobre el papel. Aurora abrió los ojos lentamente, como quien emerge de un océano profundo, y por un instante creyó que seguía perdida en un sueño.
Lo primero que vio fue la pequeña figura de Elisabetta, sentada en el sofá junto a la cama, rodeada de hojas desordenadas y un arcoíris de crayones desperdigados. La niña dibu