Mundo ficciónIniciar sesiónEl jueves amaneció con una claridad que parecía fingida, como si el cielo hubiese decidido planchar su propia camisa. Marcus se vistió con un cuidado que no era elegancia sino blindaje: nudo perfecto, saco sin una fibra fuera de lugar, reloj ajustado con la precisión de un cirujano. Se miró en el ventanal y se reconoció funcional, útil, presentable; no se reconoció vivo. La noche anterior lo había dejado con esa mezcla rara de alivio burocrático y vacío doméstico que no sabe dónde guardarse. Clara había sido un gesto correcto, un signo de puntuación en una frase que no quería leer en voz alta.
Laila llegó con su “buenos días” que abría la casa como una llave, no como un saludo. Traía dos libros delgados para Melissa y una caja de crayones gruesos que no man







