Marcus no duerme mal.
Duerme poco.
No es insomnio, es vigilancia. Un estado intermedio en el que el cuerpo descansa apenas lo suficiente para seguir funcionando, pero la mente no termina de soltarse. Desde que el bebé llegó, Marcus aprendió a reconocer los sonidos con precisión quirúrgica: el llanto que pide, el que se calma solo, el que anuncia que algo no está bien. A veces se levanta antes de que el llanto exista. Otras, abre los ojos con la certeza de que va a suceder.
Laila duerme con un cansancio distinto. Profundo. Merecido. Marcus la observa desde el borde de la cama cuando se incorpora en silencio. No la despierta. No por heroísmo, sino por una lógica férrea que se le instaló sin pedir permiso: si yo puedo sostener, ella no tiene que hacerlo.
Camina descalzo por el pasillo. La casa está en penumbra. El bebé se mueve en la cuna, inquieto, pero todavía no llora. Marcus se inclina, apoya una mano en el pecho diminuto. Respira con él. Cuenta. Se sincroniza. El llanto no llega. Ma