Melissa no reacciona de inmediato.
Eso es lo primero que Laila nota con el paso de los días.
No hay berrinches, no hay preguntas constantes, no hay regresiones evidentes. Melissa sigue despertándose temprano, sigue pidiendo su cereal de siempre, sigue corrigiendo a los gemelos cuando tiran cosas que “no van ahí”. Desde afuera, parece que la noticia se acomodó sin fricción. Demasiado fácil.
Laila lo percibe en los detalles pequeños. En cómo Melissa se queda mirando el vientre de vez en cuando sin tocarlo. En cómo interrumpe un juego para asegurarse de que uno de los gemelos no se acerque demasiado a ella. En cómo, al anochecer, se vuelve un poco más callada.
Marcus también lo nota, aunque tarda más en ponerle nombre. No porque no observe, sino porque sabe que Melissa procesa hacia adentro. Siempre lo ha hecho así. No explota. Contiene.
Pasan tres días desde que se lo dijeron cuando aparece la primera grieta.
No es una escena grande.
Es algo mínimo.
Laila está sentada en el sofá, cansad